La aparente paradoja del título de este post no es más que eso… aparente. Me explico: en lo que se refiere a la organización personal -a la eficiente, la que nos lleva a conseguir los resultados que buscamos-, todo ha de empezar por el final, por definir bien lo que queremos obtener.
No voy a citar una vez más el célebre aforismo de “para quien navega sin rumbo no hay viento favorable”, por más que sea brillante y acertado. Sin embargo, bajando al día a día, parece cierto que tratar de organizarse sin tener claros los objetivos -el para qué- conduce rápidamente a la desmotivación, a perdernos en las reglas de método y en sus límites. Cuando nos fijamos metas, éstas actúan como un faro y tienen el poder de liberarnos de la sensación de angustia que produce a veces el día a día, la interminable lista de tareas o una agenda sobrecargada de citas ineludibles, porque somos capaces de ver, allá donde luce su lámpara intermitente, la razón y el propósito de lo que hacemos.
Por eso, en la cabecera de este blog hemos puesto como imagen central una brújula, que es la que marca el norte de nuestras acciones; y por eso le acompañan, a diestra y siniestra, una lupa -la atención- y un reloj -el ritmo, los plazos-. Pero esos serán temas de otro post.
hola que tal?
por favor urgente saber quien dijo esta frase.
de antemano gracias
saludos