La construcción de la noción del tiempo

Estoy terminando un libro interesantísimo recién llegado de Francia (Amazon.fr funciona a las mil maravillas). Se trata de “Question de temps“, de François Delivré (InterEditions, 2007).

Evidentemente, el título no parece muy original tratándose de este tema, pero como compro todos los que llevan el término “tiempo” en la portada, cayó en el pedido por defecto. Más allá de este primer recelo, el libro está siendo un apasionante descubrimiento.

Confieso por adelantado mi irreductible francofilia, para que quien lo vea pertinente reduzca a los límites para sí admisibles las alabanzas que voy a soltar.

Para empezar, su planteamiento rompe por completo con el esquema típico de los libros sobre administración del tiempo americanos, del que, por cierto, beben prácticamente todos los que escriben del tema en España. Nada de entrar a saco en los “paso a paso” o “las diez cosas que debe hacer si quiere…” o “las mejores técnicas de la gente exitosa”. No hay indulgencias para los lectores de solapa.

Desde la perspectiva del escritor francés, la organización del tiempo no es una técnica, sino una filosofía. Por lo tanto, su explicación se parece más a “La crítica de la razón pura” que a “Dejar de fumar es fácil”. Pero es una delicia acompañar a Delivré en el descubrimiento de las relaciones entre el tiempo, el alma y la lógica.

Para no aburrir más con este chauvisimo sobrevenido, sólo comentaré un apartadito que me ha cautivado. Explica el autor cómo construimos los seres humanos nuestra njoción del tiempo.

Apoyándose en las teorías del psicólogo suizo Jean Piaget, cuenta que nuestra relación con el tiempo se crea a partir de los siete años, cuando superamos la etapa del “pensamiento mágico”. Hasta entonces, sólo somos conscientes del momento presente; lo que nos desagrada, nos parece eterno, pero si algo nos gusta, perdemos la conciencia del paso de las horas. Además, la época del pensamiento mágico se caracteriza porque el niño, en la medida en que cree que el mundo es sólo él y lo que le sucede, está convencido de que las cosas suceden porque él las desea. Si no sucede así, experimenta una tremenda decepción que muchos padres conocen por el nombre de rabietas o berrinches.

Cuando aprendemos a leer las horas del reloj e integramos en nuestro conocimiento el concepto de “seriación” (no se me ocurre cómo traducirlo, pero acepto sugerencias; es la “capacidad de disponer las cosas en un determinado orden”), desarrollamos lo que se conoce como inteligencia operativa, la que nos permite estructurar representaciones mentales que facilitan la comprensión del entorno.

A partir de ese momento, se va desarrollando la “madurez del tiempo”, que idealmente se logra en la edad adulta (podríamos discutirlo, sí) y que se manifiesta por la aceptación de tres ideas sobre la “realidad temporal” que rompen por completo con el pensamiento mágico:

1. Hay una medida del tiempo social que no se corresponde con los acontecimientos y los ritmos afectivos

2. La realización de un proyecto implica un trabajo de visualización previa de la tarea ya finalizada

3. La realización de un proyecto implica un trabajo de planificación y supone que unas tareas deben ser realizadas antes que otras (“seriación”)

Podría seguir durante páginas y páginas comentando las perlas de este librito, pero creo que con este avance es suficiente y da para pensar. De hecho, me estaba preguntando si puedo asegurar que he superado el pensamiento mágico, al menos en mi relación con el tiempo.

Incluso, un poco más allá, estaba preguntándome también si la corriente del pensamiento positivo (del estilo de “para que las cosas sucedan como tú quieres, sólo tienes que desearlas con fuerza y ser optimista respecto a su consecución”), tan querida por los autores del otro lado del Atlántico, no tiene un poco de esa tierna ingenuidad del pensamiento mágico. Bueno, hay autores que se salvan, como Rosalene Glickman con su obra “Optimal thinking”… pero eso es harina de otro post.

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