Archivos para la Categoría 'De jardines ajenos...'

Más(sobre el)tiempo

El lugar sin culpa, José María Merino, Algafuara, 2007.

“De la rabia de saberse tiempo sale toda la furia, el odio es tiempo, el hambre es tiempo, el ser humano concibe el infinito en forma de tiempo que transcurre sin concluir, como el infierno para nosotros es tiempo, tiempo de sufrimiento que no se agota, somos incapaces de imaginarnos fuera del tiempo, las pasiones son tiempo, de puro tiempo están hechas tanto la esperanza como la desesperación, la avaricia, la crueldad…”

(Pág. 25)

 

Tiempo y vida. Otra perla para pensar…

Habitualmente, para hablar de la importancia del tiempo se echa mano de una célebre frase de Benjamín Franklin (publicada en su Almanaque del pobre Ricardo, siglo XVIII): “¿Amas la vida? Pues entonces no desperdicies el tiempo, porque el tiempo es la sustancia de la que está hecha la vida”.

Releyendo “El valor del tiempo”, de Ángeles Durán (Espasa, 2007), me encuentro con este otro concepto: “…ese sutil y fugaz alimento de la vida que es el tiempo”.

Me gusta la delicadeza con la que coloca la importancia del tiempo en su justa medida. El tiempo es valioso, desde luego, pero no “es” la vida, sino que la alimenta, cosa bien diferente.

Al fin y al cabo, cuando estamos viviendo de verdad, no solemos ser conscientes del paso del tiempo, lo ignoramos, porque nos salimos de él y nos colocamos en otro plano: el de la vida.

Uno no es aquello de lo que se alimenta. Uno necesita ineluctablemente el alimento, sí, pero antes de nada, necesita ser (perdón por liar tanto una reflexión tan sencilla).

Si trasladamos la analogía al tiempo y la vida, resulta que la vida necesita inevitablemente al tiempo, pero antes debe ser vida.

Y ahora me estoy preguntando si todas las necesidades de tiempo que nos generamos van a parar a esa vida o, desafortunadamente, a algún sucedáneo del participio de vivir.

La construcción de la noción del tiempo

Estoy terminando un libro interesantísimo recién llegado de Francia (Amazon.fr funciona a las mil maravillas). Se trata de “Question de temps“, de François Delivré (InterEditions, 2007).

Evidentemente, el título no parece muy original tratándose de este tema, pero como compro todos los que llevan el término “tiempo” en la portada, cayó en el pedido por defecto. Más allá de este primer recelo, el libro está siendo un apasionante descubrimiento.

Confieso por adelantado mi irreductible francofilia, para que quien lo vea pertinente reduzca a los límites para sí admisibles las alabanzas que voy a soltar.

Para empezar, su planteamiento rompe por completo con el esquema típico de los libros sobre administración del tiempo americanos, del que, por cierto, beben prácticamente todos los que escriben del tema en España. Nada de entrar a saco en los “paso a paso” o “las diez cosas que debe hacer si quiere…” o “las mejores técnicas de la gente exitosa”. No hay indulgencias para los lectores de solapa.

Desde la perspectiva del escritor francés, la organización del tiempo no es una técnica, sino una filosofía. Por lo tanto, su explicación se parece más a “La crítica de la razón pura” que a “Dejar de fumar es fácil”. Pero es una delicia acompañar a Delivré en el descubrimiento de las relaciones entre el tiempo, el alma y la lógica.

Para no aburrir más con este chauvisimo sobrevenido, sólo comentaré un apartadito que me ha cautivado. Explica el autor cómo construimos los seres humanos nuestra njoción del tiempo.

Apoyándose en las teorías del psicólogo suizo Jean Piaget, cuenta que nuestra relación con el tiempo se crea a partir de los siete años, cuando superamos la etapa del “pensamiento mágico”. Hasta entonces, sólo somos conscientes del momento presente; lo que nos desagrada, nos parece eterno, pero si algo nos gusta, perdemos la conciencia del paso de las horas. Además, la época del pensamiento mágico se caracteriza porque el niño, en la medida en que cree que el mundo es sólo él y lo que le sucede, está convencido de que las cosas suceden porque él las desea. Si no sucede así, experimenta una tremenda decepción que muchos padres conocen por el nombre de rabietas o berrinches.

Cuando aprendemos a leer las horas del reloj e integramos en nuestro conocimiento el concepto de “seriación” (no se me ocurre cómo traducirlo, pero acepto sugerencias; es la “capacidad de disponer las cosas en un determinado orden”), desarrollamos lo que se conoce como inteligencia operativa, la que nos permite estructurar representaciones mentales que facilitan la comprensión del entorno.

A partir de ese momento, se va desarrollando la “madurez del tiempo”, que idealmente se logra en la edad adulta (podríamos discutirlo, sí) y que se manifiesta por la aceptación de tres ideas sobre la “realidad temporal” que rompen por completo con el pensamiento mágico:

1. Hay una medida del tiempo social que no se corresponde con los acontecimientos y los ritmos afectivos

2. La realización de un proyecto implica un trabajo de visualización previa de la tarea ya finalizada

3. La realización de un proyecto implica un trabajo de planificación y supone que unas tareas deben ser realizadas antes que otras (“seriación”)

Podría seguir durante páginas y páginas comentando las perlas de este librito, pero creo que con este avance es suficiente y da para pensar. De hecho, me estaba preguntando si puedo asegurar que he superado el pensamiento mágico, al menos en mi relación con el tiempo.

Incluso, un poco más allá, estaba preguntándome también si la corriente del pensamiento positivo (del estilo de “para que las cosas sucedan como tú quieres, sólo tienes que desearlas con fuerza y ser optimista respecto a su consecución”), tan querida por los autores del otro lado del Atlántico, no tiene un poco de esa tierna ingenuidad del pensamiento mágico. Bueno, hay autores que se salvan, como Rosalene Glickman con su obra “Optimal thinking”… pero eso es harina de otro post.

A más cómo, menos por qué

Uno de los libros más fascinantes que he leído en los últimos 13 meses es “A más cómo, menos por qué” de Jorge Wagensberg. Lo compré en la tienda de una estación de tren en julio de 2006, por la pura atracción de su título. El autor es doctor en física y la obra se recoge en la colección Metatemas (“libros para pensar la ciencia)” de Tusquets: sumando ambos datos al sugerente título, ya había caído en la pura fascinación, que no hizo sino aumentar con la lectura. 747 aforismos sobre la verdad, el gozo, la palabra, los números, lo humano… y un epílogo con prólogo propio (genial, circular, casi perfecto) al que siguen nueve reflexiones y que termina con “Aproximación a una copa de vino tinto”.

¿Y qué tiene que ver con la organización personal?

A parte de unos cuantos aforismos que acarician tangencialmente el tema (“262. El peso de un intervalo de tiempo no se mide por su duración, sino por la cantidad de cambio ocurrido durante el mismo”), el propio título me dio para pensar y experimentar con mi vida largamente acerca de la importancia relativa (inversamente proporcional) de los cómos y los porqués.

Reflexiones: a la hora de organizar nuestra vida, buena parte de los bloqueos suceden cuando nos preguntamos cómo hacer las cosas, y la mayoría de ellos se resuelven cuando nos cuestionamos su porqué.

Casos ejemplares:

  • Qué: dejar de fumar/hacer ejercicio regularmente/escribir un libro/terminar este informe para el jefe… cualquier propósito que requiera un mínimo de organización.
  • Cómo: aquí caben millones de planes, tantos como “qués” multiplicados por las personas que se los proponen como proyecto. De esos mil -las estadísiticas son completamente intuitivas y nada científicas-, pongamos que el 30% son irrealizables, otro 30% demasiado cándidos y/o utópicos, 20% posibles pero durísimos y el 20% restantes no sólo posibles sino también factibles. Sucede lo siguiente:
    • Los humanos, cuando tratamos de organizarnos, entramos en un modo “planificación” que -a unos más que a otros- nos seduce como un sudoku. Empezamos a jugar con posibilidades, a prever derivas y derrotas, a visualizar resultados… y nos encontramos tan cómodos en ese mundo irreal (en realidad, pre-real) que somos capaces de que acurrucarnos en él como en la concha de una caracola disfrutando de los sonidos distorsionados del mar (suena un poco a la caverna de Platón, ¿no?). El modo planificación engancha de tal manera que algunos hasta programamos los ratos de programación… para seguir soñando, supongo.
    • En el proceso de selección de de los planes, sufrimos un terrible desgaste de energía.
    • Llegamos al momento de decidir y actuar (elegir el plan y ponerlo en marcha) agotados y añorando el estado ilusorio (más bien lisérgico) de pensar y pensar y pensar planes.
    • Como consecuencia de todo ello, nos bloqueamos, no nos vemos capaces de tomar una decisión y mucho menos de iniciar la acción en el plano real, es decir, ahora.
  • Por qué: En ocasiones -muchas-, el bloqueo se resuelve olvidándonos del cómo y buceando hacia el porqué. ¿Por qué quiero dejar de fumar/hacer ejercicio regularmente/escribir un libro/terminar este informe para el jefe…?
    • Algunos de los propósitos no resistirán el embate de la pregunta, no hallaremos una razón suficientemente vinculada con lo que realmente queremos para nuestra vida. Es el momento de apartarlos y dejarlos caer de nuestra lista de objetivos.
    • Los que aguanten, probablemente saldrán fortalecidos del interrogatorio. Ahí tenemos algunos objetivos por los que merece la pena luchar (ah! sí! es que nadie dijo que esto de vivir fuera fácil). Los propósitos salvados tras la criba se verán, además, impulsados por una mayor motivación (motivus -movimiento en latín- y acción, es decir, lo que mueve, las razones para la acción), lo que nos animará a permanecer menos tiempo en el “modo planificación” y más en el de los hechos.

Caso real (no relacionado directamente con el tema, pero es interesante a la par que divertido): Desde que empecé a experimentar con el “más por qué”, mis discusiones de pareja han mejorado notablemente. Ante una disparidad de pareceres, antes de enzarzarme en una cháchara interminable o una escalada decibelios, borro de mi mente todos los cómos (cómo ha podido hacerme esto, cómo hemos llegado a este punto, cómo quieres que me lo tome, cómo no te has dado cuenta…) y empiezo a plantearme porqués (por qué me merece la pena esta discusión, por qué pretendo que cambie, por qué poderosa razón dejaría que este desacuerdo desemboque en algo más profundo…). Casi siempre acabo riéndome y pasando de discutir. Vamos, que me hace ganar mucho tiempo y energía. He ahí la relación.

El valor del tiempo, según Trías de Bes

Esta categoría -”De jardines ajenos…”- tratará de recoger ideas interesantes que he leído o escuchado acerca de los temas que nos interesan: el tiempo, su valor, su administración, la organización personal…

Para empezar, aporto una perla que acabo de descubrir. En el libro “Tiempo al tiempo”, de Ignacio Buqueras (uno de los promotores más activos -si no el más visible- de la racionalización de horarios en España…. de lo que hablaremos en otro post), el autor cita un microcuento de Fernando Trías de Bes, co-autor del éxito editorial “La buena suerte”. Es éste:

“Érase una vez un hombre que se quejaba de que nunca tenía tiempo, lo que enojó mucho (¡pero que mucho!) a sus minutos, quienes habrían jurado que duraban como los demás”.

Pues eso, una perla: pequeño, brillante y muy valioso.