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Manual para postergadores

De nuevo, me aprovecharé de la experiencia de clientes/alumnos/amigos para hablar de temas que parecen interesar al común de los mortales.

Casi todas las personas con las que he hecho coaching se han reconocido en algún momento como postergadores (se está poniendo de moda decir “”procastinadores”, por contaminación de las voces inglesas procastinate, procastination, pero aquí usaremos sus equivalentes en castellano: postergar, postergación y postergador, aunque este último término no esté recogido en el Diccionario de la Real Academia).

Aunque no se definan con esas palabras, muchos lo manifiestan con expresiones como  “Siempre dejo todo para el final”, “Sé que debo ponerme con una tarea, pero me puede la pereza y la voy posponiendo hasta que la olvido”, “Si me mandan hacer algo, lo hago de inmediato; pero si soy yo quien debe organizarse para hacerlo en un momento posterior… nunca encuentro el momento”…

Para entendernos, usaremos una definición “casera” del postergador: aquel que no hace lo que debe cuando debe. Con suerte, lo hará en otro momento (habitualmente el último); sin suerte, lo olvidará.

Me adelantaré a las críticas y reconoceré que eso de “hace lo que debe cuando debe” suena terriblemente marcial y restrictivo. Vivimos unos tiempos en los que “el deber” tiene mala prensa y no nos gusta que se nos imponga nada, ni las cosas, ni las tareas, ni el estilo de vida, ni nada.

Sin embargo, la postergación preocupa porque nos crea malestar. En el mejor de los casos, la obligación pospuesta nos rondará en la cabeza molestando al correcto ejercicio de otras actividades mentales. En el peor, a esa molestia se sumará el cargo de conciencia que, por otra parte, cada uno vive de una manera diferente (para unos, es sólo eso, una carga; para otros, un desasosiego que llega a paralizar la capacidad de reacción).

Lo cierto es que aunque he encontrado varios libros sobre el tema, sólo uno ha llamado mi atención por su análisis de la postergación y por sus propuestas para superarla. Se trata de “The now habit”, de Neil Fiore (no lo he encontrado en castellano, al menos, no está en el ISBN).

El modo en que enfoca las razones por las que postergamos la ejecución de nuestras tareas pendientes es muy liberador. No culpa al postergador –hay otros que cargan tintas contra la falta de voluntad de quien retrasa las cosas o directamente les llama indolentes, y no es lo mismo-, sino que busca la causa de la postergación en los perfiles psicológicos y los recuerdos de anteriores experiencias. Resumir todo esto llevaría al menos dos entradas del blog, de modo que lo dejaremos para una serie próxima.

Pero lo más agradable –más incluso que el hecho de que te libere del cargo de conciencia por postergar- es su propuesta para superar los eternos retrasos. Fiore llama a su técnica “The unschedule” (no existe traducción directa –al menos, no en el Merriam Webster-, pero podríamos hacer una regla de tres: si schedule significa horario, programa o plan del día, unschedule sería algo así como in-horario, des-programa o anti-plan del día… valga la simpleza).

La idea consiste básicamente en tomar el horario de una semana, y ponerse a programarla (o tomar el in-horario de una semana y ponerse a des-programarla): en primer lugar se planificarán las tareas agradables.

Atención a las mentes vocacionalmente postergadoras: lo que Fiore propone no es que coloquemos en las casillas de los primeros días y las primeras horas sólo tareas agradables (que tampoco tienen que ser necesariamente las de ocio y abandono). No. Se trata de decidir en primer lugar, en qué momento de la semana haremos las cosas que más nos gusta hacer, en su justa medida y con la duración que requieren.

Después, en el tiempo restante, se programan las tareas obligatorias, los proyectos que habitualmente postergamos y las obligaciones que menos diversión nos proporcionan (y que a la vez sean absolutamente obligadas). Nótese que la posible duración de estas actividades está previamente limitada por la de las tareas agradables, lo que para la mente del postergador diletante supone una victoria del placer sobre el fastidio.

Obviamente, no deja de ser una astucia para engañar a la mente, pero tampoco debemos olvidar que la motivación que logremos acumular para afrontar cualquier tarea depende insalvablemente de lo que pensemos de ella… luego éste es, posiblemente, uno de los engaños más tolerables.

Y ahora, una confesión: comencé a escribir esta entrada mientras releía el libro de Fiore, hace más de diez días. La dejé sin terminar y la guardé en la carpeta de borradores (no porque fuera un fastidio, sino por simple pereza, supongo). Ayer decidí probar a des-programar mi semana según la técnica del “unschedule” y pensé dedicarle a este post una última oportunidad: un breve espacio en la agenda entre la siesta y el baño en la piscina. Bueno, no costó tanto  y aquí está.

Aprendizaje para conducir la vida

Hoy he asistido a la tercera jornada de un interesantísimo curso de Conducción Segura en Prevensis.

El planteamiento del curso ha sido excepcionalmente pensado y tiene como objetivo crear en el conductor comportamientos más seguros y una mayor competencia preventiva al volante. Además de la calidad de la formación, me ha gustado especialmente el modo en que se trabaja el cambio de actitudes en el conductor.

¿Qué tiene esto que ver con la gestión del tiempo? Para empezar, tanto la conducción como la organización personal se basan en habilidades aprendidas en un momento determinado de nuestras vidas y que, después de un tiempo, se convierten en hábitos o rutinas casi inconscientes. Además, en caso de mal uso de esas habilidades, nos jugamos la vida: literalmente cuando hablamos de conducción; metafóricamente si se trata de la organización personal (nos jugamos disfrutarla, lograr nuestras metas y vivirla como deseamos).

En una conversación colateral, hoy hemos charlado sobre el ciclo del aprendizaje de las competencias, que tanto nos gusta a los que nos dedicamos a la formación. Resumido y comparado sería algo así:

1. Etapa de la incompetencia inconsciente: no sabemos que no sabemos hacer algo.

  • Conducción: Antes de sacar el carné de conducir -y en algunos casos, poco después de obtenerlo- creemos que eso de llevar el coche por nuestra cuenta no debe de ser tan difícil. Algunos temerarios, incluso, se lanzan por calles conocidas a demostrar su “arrojo”. Como decía hoy el formador: un golpe contra la columna del aparcamiento con el coche de papá puede suponer el momento de ruptura en esta etapa.

  • Organización personal: Uno se organiza como siempre lo ha hecho –aunque nunca antes haya tenido las responsabilidades y compromisos que ahora tiene-, porque le ha funcionado y porque es así su personalidad. Utiliza técnicas de las de “para ir tirando”, hasta que una crisis, un exceso de trabajo o un problema en el hogar le llevan al momento de ruptura.

2. Etapa de incompetencia consciente: tras la ruptura, ahora sabemos que no sabemos hacer algo y buscamos el modo de solucionarlo.

  • Conducción: Después del golpe –literal o metafórico-, el incompetente ahora consciente se da cuenta de que debe adquirir alguna habilidad antes de volver a lanzarse con el vehículo y se apunta a la autoescuela.

  • Organización personal: Uno se plantea aprender a organizarse de “otro” modo para lograr “otros” resultados.

3. Etapa de competencia consciente: sabemos que sabemos hacer algo y lo ponemos en práctica.

  • Conducción: El momento en que el conductor novel se siente seguro a los mandos de su coche. Todavía tiene que pensar algunas maniobras o reflexionar antes de tomar algunas decisiones, como el cambio de marchas, por ejemplo. Utiliza su competencia conscientemente, lo que le exige un esfuerzo de atención.

  • Organización personal: Uno ha aprendido técnicas y estrategias de gestión del tiempo y las aplica diligentemente. Tiene que pensar qué debe anotar y dónde, cómo archivar apuntes y documentos, reflexiona denodadamente para establecer prioridades que le permitan estructurar su jornada… Todo requiere un cierto esfuerzo de atención, pero los frutos son apreciados.

4. Etapa de competencia inconsciente: sabemos que sabemos hacer algo, pero lo hemos interiorizado de tal modo que ya no nos exige un esfuerzo de atención.

  • Conducción: Éste es un momento crítico, porque nos sabemos buenos conductores y la mayoría de las decisiones al volante están automatizadas, lo que puede provocar una sobrevaloración de nuestras aptitudes, un exceso de confianza y, como consecuencia, un mayor riesgo de susto o accidente, lo que, de nuevo, crearía una ruptura en el ciclo de aprendizaje (cuando menos, sería deseable que tras un incidente, el conductor volviera a la etapa de incompetencia consciente para recomenzar el ciclo).

  • Organización personal: Uno vuelve a acomodarse en sus técnicas, las que le han sacado del apuro tras la crisis, el exceso de trabajo o el problema familiar.Las utiliza de modo rutinario, sin necesidad de pensarlas. Pero la vida cambia rápidamente y la gestión del tiempo es –como ya se habló en otro lugar- la gestión de la vida. En nuestra posición acomodaticia, seguimos las rutinas por inercia, pero puede que haya entrado en nuestro horizonte un proyecto que exige un seguimiento distinto, una tarea frecuente pero crítica o incluso la necesidad absolutamente personal de replantearnos de nuevo el propósito de nuestra vida y los objetivos que nos llevarán a él. La incapacidad para ajustar nuestra forma de organizarnos a las nuevas circunstancias pueden provocar el momento de ruptura –en forma de susto o accidente-, y sólo se resolverá volviendo a la etapa de incompetencia inconsciente para recomenzar el ciclo… aunque no en círculo, sino en espiral creciente, porque cuando el ciclo de aprendizaje se aplica a la vida –como en el caso de la gestión del tiempo-, lo vivido se acumula en forma de experiencia y crea una base sobre la que se apoya la espiral para crecer.

Al final, se trata de aprender a conducir la vida, ¿no?